La Pascua de Jesús

Dicen que, a menudo, la muerte es expresión de la vida.Puede que no siempre sea así, pero en el caso de Jesús tal observación se cumple a la letra. Desde luego, su final no se produce simplemente como un accidente inesperado sino, más bien,como consecuencia de una manera de vivir que, llevada hasta las últimas consecuencias, conduce a un conflicto inevitable. Jesús lo afronta con libertad y su toma de postura provoca un desenlace que sólo puede ser entendido desde la extrema desnudez de un hombre coherente que, sostenido por el amor de Dios,proclama con su vida – y con su muerte – una palabra liberadora en la historia de los hombres. Sabes bien que la historia es la referencia inexcusable de todo acontecimiento que se desarrolla en el del devenir del tiempo protagonizado por los hombres. En efecto, sin en el encuadre histórico, la vida y el mensaje del Maestro galileo carecerían de consistencia. De igual manera, los sucesos que conducen a Jesús a la muerte, constituyen una de las claves necesarias para comprender mejor cuanto aconteció entre los años 29 y 36 de nuestra era en un remoto lugar del imperio, la muerte de un líder religioso sectario y cuya repercusión es apenas perceptible para los historiadores romanos de la época. La condena a muerte de aquel pretendido mesías no es improvisada ni fruto del azar o del destino, por elcontrario será la consecuencia de un encendido conflicto.

Quizás te hayas preguntado más de una vez, pero bueno, en definitiva, ¿Jesús murió en la cruz?; ¿por qué mataron a Jesús?; ¿quién lo mató? Cuando la distancia temporal que nos separa de los acontecimientos es tanta y las fuentes tan escasas, no resulta fácil dar una respuesta adecuada a tal respuesta, sobre todo si tomamos en consideración los estratos de interpretación que a lo largo de los siglos la Iglesia ha ido haciendo de cuanto sucedió. No podemos perder de vista la tradición pero es cierto que la reciente investigación histórica nos aproxima al desarrollo de los acontecimientos y nos permite descubrir con suficiente certeza las causas que precipitaron los hechos y condujeron al profeta galileo a la muerte de cruz.

Sobre la muerte en la cruz de Jesús en tiempo del prefecto romano Poncio Pilato, casi nadie duda en la actualidad. En efecto, el testimonio de la tradición cristiana es convergente en este dato y algunos testimonio extrabíblicos así lo ponen de relieve también. Aunque el acontecimiento no pudo tener mucha resonancia en el imperio, los historiadores Flavio Josefo y Tácito coinciden en señalar que Jesús murió crucificado bajo el gobierno de Poncio Pilato (gobernó entreel 26-36 dC). Con ocasión del incendio de Roma en el año 64 d. C, Nerón persiguió a los cristianos haciéndoles responsables de aquellos actos y tratando de alejar de sí toda sospecha. A propósito de tal acontecimiento, el historiador Tácito (55/56-120? d. C.)da algunos datos acerca del fundador de aquella secta abominable y supersticiosa cuyos miembros se hacen llamar “cristianos”. “Este nombre (cristianos) viene de Cristo, que fue ejecutado bajo Tiberio por el gobernador Poncio Pilato. Esta superstición abominable fue reprimida de momento, pero más tarde irrumpió de nuevo y se extendió no sólo en Judea, donde había aparecido, sino también en Roma, donde confluyen y se cometen todas las atrocidades y horrores del mundo entero” (Tácito,Anales 15, 44, 3).

¿Podemos acercarnos a la causa de la condena a muerte de aquel profeta galileo y preguntarnos por el brazo ejecutor? Durante mucho tiempo un cierto antisemitismo cristiano ha respondido a esta pregunta afirmando que fueron “los judíos” los que mataron a Jesús. Probablemente las cosas, desde el punto de vista histórico, fueran algo más complicadas y de ahí la necesidad de prestar atención a cómo se desarrollaron los acontecimientos atendiendo a criterios de crítica histórica y a los aspectos de índole jurídica de la condena a muerte.

En Judea el dominio romano era ejercido por un “prefecto”. Entre los años 26 y 36 de nuestra era, tal gobierno fue ejercido por Pilato, un prefecto que, a juzgar por los datos históricos, introdujo símbolos en la sociedad judía del tiempo que reproducían imágenes imperiales y que pudieron herir la sensibilidad religiosa de los judíos. Tal actitud provocó una dura resistencia por parte de la clase religiosa y dominante del país.

No es exagerado decir que fue el poder de Roma quien asumió la principal responsabilidad de la muerte de Jesús. Según la tradición talmúdica, los judíos fueron privados de poder ejercer la pena capital bastantes años antes de la caída de Jerusalén (70 dC) y todo apunta a que tal fecha haya que fijarla en torno al año 6 dC., año en el que el imperio asumió el gobierno directo de aquellas provincias mediorientales. Así, en tiempos de Jesús, el llamado ius gladii correspondía a Roma, no a Israel, que tal como refrendan las fuentes bíblicas, no estaba autorizado para dar muerte a nadie (Jn18, 31). Por otra parte, tanto Tácito como Josefo, coinciden en señalar a Pilato como responsable de la muerte de Jesús, denunciado al procurador por las autoridades judías.

La crucifixión era un método de muerte típicamente romana. Reservada habitualmente para esclavos y para aquellos que practicaban la sedición, no podía ser aplicada para ciudadanos romanos y tenía normalmente una cierta carga ignominiosa. Jesús fue condenado como el peor de los delincuentes y ejecutado entre ladrones (Mc15, 27), ¿por qué motivo? El titulus crucis señalaba la causa de la muerte: “El Rey de los judíos”, una tablilla clavada en el madero que hacía de dominio público la causa de la pena y marcaba a aquel falso profeta como rebelde y reo de traición, porque “el que pretende ser rey se declara contra el César” (Jn19,12). Tal pretensión y el apoyo popular que lo había aclamado a la entrada en Jerusalén gritando “bendito el reino que viene, el de nuestro padre David” (Mc11,10) despertaron expectativas sobre el mesianismo de Jesús que fueron fatales para el desenlace de los acontecimientos. Pero ¿cómo se llegó a tal situación? ¿Sólo fue responsable de la ejecución el procurador romano?

Naturalmente, no podemos dejar al margen de todo el proceso a las autoridades judías. Los testimonios de la Escritura no coinciden a la hora de señalar quienes realizaron el arresto de Jesús en el Monte de los Olivos. Para Marcos y Mateo, se trataba de “un grupo con espadas y palos de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos” (Mc 14, 43); según la versión de Lucas estaban también presentes “los sumos sacerdotes, jefes de la guardia del templo y ancianos”; finalmente, Juan señala que Judas llegó a aquel huerto con “la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos”. Al margen de las discrepancias de los detalles, lo que es innegable, desde el punto de vista de las fuentes, es la participación en el proceso de Jesús de los dirigentes religiosos de Israel.

Según la fuente de Marcos, para muchos autores el relato que más visos tiene de seguir de cerca lo verdaderamente sucedido, Jesús es llevado ante Caifás – el sumo sacerdote – en cuya casa tiene lugar el proceso del sanedrín enla misma noche del arresto en el que el nazareno es tratado como corruptor del pueblo. Es verdad que, para algunos autores es discutible tal juicio nocturno desde el punto de vista histórico, porque según las tradiciones judías de la Mishná, los crímenes debían ser juzgados de día. En cuyo caso, la sesión nocturna en casa de Caifás habría sido ilegal o – simplemente – nunca se llegó a realizar. Por otra parte, la misma tradición judía preveía que, tras la comprobación de pruebas y el juicio, el tribunal debía dejar pasar un día para evitar errores en su pronunciamiento. Puesto que Jesús fue juzgado y ejecutado el mismo día, el sanedrín habría debido actuar de forma ilegal. Lo cierto es que parecería que nos encontrásemos ante una violación del derecho judío. Quizás la respuesta a esta aparente “ilegalidad” esté en la consideración de la situación como un caso “especial”, que vendría ilustrado por la interpretación de los capítulos 13 y 17 del Deuteronomio referidos a los falsos profetas que se han rebelado contra Dios. El derecho judío preveía disposiciones especiales para aquellos corruptos que suponían una amenaza contra el pueblo y contra los que se exigía mucho rigor en el juicio. Tras la publicación de los documentos de Qumrán, disponemos de algún elemento más para apoyar la hipótesis que estamos defendiendo, esto es, el tratamiento de Jesús por parte de las autoridades judías como un malhechor, falso profeta y corrupto, a quien se le acusa de haber blasfemado contra el “Tres veces Santo”. En efecto, el “Rollo del Templo” de los pergaminos de Qumrán,corrobora que un “corrupto” que ha traicionado y despreciado al pueblo de Dios debe ser colgado del madero y debe ser crucificado. Según la versión de los evangelios, Jesús es condenado por el sanedrín como blasfemo y es considerado por los dirigentes judíos como un auténtico corrupto.

Tratando, como estamos, de recuperar el espesor histórico de los acontecimientos, ante el testimonio de los evangelios, al preguntarnos sobre las causas del conflicto, hemos de poner el acento en la actitud de Jesús y su invitación a la conversión ante la inminente llegada del Reino. Tal propuesta chocó decisivamente contra los estrechos márgenes en los que se agotaba las expectativas de las autoridades religiosas del judaísmo del tiempo. La concepción del Reino de aquel nazareno chirriaba ante el anquilosamiento en el que permanecían todos los que soportaban una obtusa adhesión a una Ley opresora y cargaban con el pesado fardo de un culto decadente.

Probablemente encontremos aquí algunas de las razones históricas que condujeron a Jesús a la muerte. El profeta galileo denunció y combatió con tenacidad todas aquellas actitudes que oprimían al hombre y le hacían vivir cerrado a la novedad de Dios. La Ley de Moisés, endurecida con el paso del tiempo, y la interpretación que de ella hacían sus legítimos depositarios, hacían que emergiera en el corazón del pueblo un modo legalista de interpretar la propia vida y sobre todo de experimentar la relación con Dios. Algunos del grupo de los fariseos se sintieron destinatarios de su denuncia y de su oposición al ser llamados “guías ciegos”,“insensatos y ciegos”, “sepulcros blanqueados”, “raza de víboras”…

Aunque no tengamos certeza de que tales palabras hayan sido pronunciadas exactamente por Jesús y quizás reflejen alguna situación posterior de la comunidad judeo-cristiana pospascual, lo que sí parece cierto es la oposición de Jesús a un modo de entender la religiosidad, impuesta y opresora, que hace vivir al hombre en el temor a la Ley y bajo el yugo de un Dios distante y legalista, a imagen y semejanza de su propia miseria.

Otra de las causas, ésta inminente, de la condena a muerte de Jesús fue su conflicto con el templo. Como bien sabes, el templo era el centro de la religiosidad de Israel, el símbolo de su propi a identidad y la expresión de su historia y de su propio ser como nación. Tras la entrada en Jerusalén, una semana antes de la fiesta, tiene lugar el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo. Una acción con un fuerte contenido “simbólico” que colocará a Jesús al borde del precipicio. “Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie trasportase las cosas por el Templo. Y les adoctrinaba diciendo: ‘¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las gentes? ¡Pero vosotros la habéis hecho cueva de bandidos!’ Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina.

Y al atardecer salió fuera de la ciudad” (Mc11, 15-19). “Los judíos entonces le replicaron diciéndole: ‘¿qué señal nos muestras para obrar así? Jesús les respondió:  ‘Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré’. Los judíos le contestaron: ‘Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario ¿y tu lo vas a levantar en tres días?” Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó,pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que era eso lo que quiso decir, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús” (Jn3, 18-22).

Quizás sea necesario que entiendas el porqué de un detalle aparentemente sin importancia. Hemos dicho que Jesús llega a Jerusalén una semana antes de la fiesta de la pascua, algo bastante frecuente entre los píos judíos que tardaban este tiempo en la preceptiva purificación ritual que precedía a la fiesta. Nadie que no hubiese cumplido con los ritos de purificación podía festejar la pascua del Señor. Es curioso que, aunque no tenemos muchos datos sobre las actividades de Jesús en esta última semana, no hay ningún indicio de que él o sus discípulos hubieran participado de tales ritos purificatorios. Puede que los evangelistas lo hayan dado por supuesto, como algo obvio, pero es posible que obedezca a una actitud deliberada de Jesús que entiende que es necesario superar los ritos de purificación caducos y legalistas de la tradición. Quizás desde esta perspectiva pueda entenderse mejor el lavatorio de los pies que nos narra el evangelista Juan en el que el amor que se hace servicio es la expresión de todas las normas de pureza y está por encima de cualquier precepto ritual.

Si estas interpretaciones son ciertas, Jesús, negándose a participar de los ritos de purificación previos a la fiesta, marca las distancias con el templo. Este es el telón de fondo que nos ayuda a comprender mejor el episodio de la expulsión de los mercaderes y su profecía contra el templo ¿lo recuerdas? Tras arremeter contra los cambistas y mercaderes instalados en el atrio del templo, Jesús profetiza su destrucción y su reconstrucción en tres días. Ambas acciones son, naturalmente, correlativas. ¿Qué quieren decir? Se trata deuna simbólica “purificación” del templo que tiene su clave de interpretación en la expectativa escatológica de la que es portador el mensaje del Reino proclamado por Jesús. Este mundo se acaba, y con él se acaba – por consiguiente el templo de piedra. Un nuevo tiempo ha de surgir, el tiempo de Dios en el que la piedra quedará arrasada y con ella, la superación de un culto vacío y esclavizante. Tal vaticinio debió sonar como una amenaza. No es extraño que tales sucesos llegasen a ser relevantes en el proceso contra aquel rabino. Y la tensión fue a más. Jesús, tenía motivos para estar preocupado.

¿Jesús sabía que iba a morir? Sería fácil responder como tradicionalmente se nos ha enseñado: “naturalmente, como Dios que era, lo sabía todo”. No cabe duda de que a estas alturas de la reflexión, tal respuesta parece demasiado simple y no convence a nadie. Quizás, como en tantas ocasiones, es bueno evitar los extremos y las posturas radicales. Tan peligroso sería afirmar con rotundidad que Jesús sabía perfectamente lo que iba a ocurrir y era consciente hasta el último detalle del alcance de su muerte como afirmar que todo fue un accidente inesperado que no estaba en el guión. Ambas posturas no hacen justicia al desarrollo histórico de los acontecimientos.

Claro que no resulta fácil llegar a conclusiones claras en este asunto porque los testimonios evangélicos que vaticinan la muerte de Jesús tienen todos un cierto colorido pospascual. El sentido soteriológico que los textos dan a la muerte del Maestro suponen el esfuerzo de la comunidad cristiana por explicar cuanto ha sucedido y es difícil desgajar tal interpretación de la auténtica conciencia de Jesús a la hora de afrontar la muerte.

Otro dato a tener en cuenta en toda nuestra reflexión es cómo las expectativas de sus discípulos se vieron frustradas con el fracaso de la cruz y cómo sus esperanzas fueron crucificadas en el madero con Jesús. Todos huyeron. Un dato incontrovertible que no pudo fácilmente ser inventado y que aparece refrendado por el hecho de que algunos, el discípulo amado y las mujeres, permanecieron junto al Maestro hasta el final. Puede que esta espantada fuera indicio de que no todo estaba tan claro entre ellos, de que no las tenían todas consigo o que la convicción sobre la necesidad de la pasión –reflejada en los evangelios – fuera verdaderamente un reflejo pospascual. Sea como fuere, lo que sí podemos afirmar con cierta rotundidad es que Jesús vio venir con realismo su muerte y la afrontó condecisión.

Era el destino del profeta que, fiel a su misión, no duda en dejarse matar.Algunas de las referencias de Jesús al asesinato de los profetas suscitados por Dios y conducidos al martirio (Lc 11, 49-51) tienen suficientes visos de historicidad. Pero,sobre todo, Jesús tiene en mente la muerte del Bautista, el último de los profetas, mandado degollar por Herodes al denunciar su vida licenciosa. No es extraño que Jesús calibre su final en paralelo al de Juan y dé a su muerte el contenido soteriológico presente en el destino de todos los que le han precedido en el anuncio del reinado de Dios. ¿Recuerdas la parábola de los viñadores malvados? (Mc12, 1-9). También este relato está conectado con la temática de la muerte violenta de los profetas. Los viñadores matan a los emisarios y matan, finalmente al hijo del dueño de la viña. Según los especialistas, podría haber aquí algún material prepascual que nos diera idea de hasta qué punto Jesús tenía conciencia de su misión escatológica y de que todo podría acabar con la muerte violenta destinada a los enviados de Dios.

Así pues, Jesús era consciente del riesgo de morir de muerte violenta y la profecía sobre su destino podría haber quedado reflejada en la expresión del evangelio de Marcos: “Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba nuevo en el Reino de Dios” (Mc14, 25). Jesús esperaba confiado la llegada del Reino de Dios. Su comienzo era inminente y su irrupción transformaría toda la realidad y llevaría a plenitud los anhelos que albergaba el corazón de los hombres. La oración de Getsemaní, “¡Abba, Padre! Todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero sino lo que quieras tú.

Es hora de salir a la calle

(Charla de formación impartida por las cofrades Maricarmen Villares, Susi Pantin y Begoña García el pasado sábado día 19 de octubre.)

1- SER COFRADE MERCEDARIO

mercedarioSer cofrade mercedario significa mantener el carisma de Pedro Nolasco que fundó una orden dentro de la que se constituyen diversos grupos de congregaciones religiosas y de asociaciones laicales que forman la familia mercedaria, de la que nosotros formamos parte y que esta vinculada por una tradición común y un compromiso de liberación a favor de los cautivos que parten de la experiencia de Dios como Merced. Merced que significa regalo, don, es decir, aquello que se ofrece gratuitamente, a favor de los humanos, a fin de que puedan ser y vivir en libertad y plenitud.

Merced significa también gracia, y la gracia (ese regalo, esa gratuidad) de Dios es la que Jesús reveló a los hombres, por eso decimos que fue Redentor Universal: experto en opresiones y el primer mercedario, principio de libertad.

Nuestro centro y modelo como cofrades es Cristo Redentor que se hace merced, en su línea han querido actuar los primeros mercedarios y mercedarias y en esa línea seguimos queriendo actuar nosotros, siendo hombres o mujeres de merced, viviendo para la libertad de los demás, conforme al modelo de Jesús.

Para la reflexión:

  • ¿Seguimos como modelo de merced a Cristo Redentor, somos también regalo y gratitud?
  • ¿Podemos reconocer en los demás ese regalo y esa gratitud?
  • ¿Podríamos como Jesús llegar a ser expertos en opresiones?

2- LA MERCED, REGALO DE MARIA

Los mercedarios y mercedarias no reciben el nombre de su fundador, no se llaman “nolasquinos” (como los dominicos de Sto. domingo de Guzmán o los franciscanos de San Francisco de Asís). Es de María de donde la familia mercedaria recibe su nombre y es quien le da sentido.

Hablar de Merced tampoco es referirse a un lugar o un santuario (como Fátima, Guadalupe o Chamorro) sino que es más bien un título teológico. María de la Merced se une a Dios en la tarea de libertad. Por eso la llamamos co-redentora, María colabora con Jesús en la redención. Ella sufre con sus hijos cautivos e impulsa un movimiento de libertad con Pedro Nolasco.

Así, María nos impulsa a los cofrades de la Merced a hacernos redención en el mundo de hoy. Ella nos transmite ese impulso igual que lo hizo con los primeros mercedarios.

Para la reflexión:

  •  ¿Cómo vemos, sentimos o escuchamos este impulso que nos llega de María para ser Merced, ser redención?
  •  ¿Cómo respondemos a su impulso?

3- EL COFRADE MERCEDARIO TIENE QUE SALIR A LA CALLE.

El cofrade mercedario tiene que estar atento a los distintos cautiverios de la humanidad actual. Salimos a la calle en Semana Santa y también salimos a la calle en nuestro día a día, experimentando las opresiones de hoy y siendo conscientes de las nuestras propias para así poder hacernos merced, poder liberar.

La Merced no es simplemente un regalo para la iglesia, sino para la humanidad. Ser cofrade es hacerse libertad en el contexto más extenso del mundo en el que viven, en todos los lugares donde hay pobres y cautivos.

Ser cofrade de la Merced tiene que ser al mismo tiempo una acción personal y un compromiso conjunto: personal porque es algo que hemos decidido cada uno de nosotros y debemos tener en cuenta nuestras propias actitudes y aptitudes, y también compromiso conjunto realizado por los hermanos y hermanas cofrades como grupo unido al servicio de la libertad plena de los hombres.

Para la reflexión:

  • ¿ Me paro de vez en cuando a valorar mis actitudes personales? ¿Y mis aptitudes?
  • ¿Se puede vivir el ser cofrade de forma auténtica sin saber nada unos de otros hasta Semana Santa?
  • ¿Cómo vivo mi implicación en la Cofradía? ¿Es individual o colectiva?

* De “La Merced regalo de Dios” Colección Familia Mercedaria nº 1 por Xabier Pikaza.